4 de junio 2020
Por Graciela Vázquez Moure
* (seudónimo literario de Baroness Karen Christence Blixen-Finecke, 1885 – 1962) (Gtresonline).
El, era ella, en realidad, una dinamarquesa que adoptó su seudónimo para escribir, entre otras cosas, «Memorias de África».
Pero claro, esa frase famosa con su nombre literario Isak Dinesen, encierra una profunda reflexión que viene al caso este 4 de junio, inolvidable para San Martín de los Andes, y más recordada y dolorosa todavía para Villa La Angostura y Bariloche.
Es que ese día vivimos el comienzo de algo inédito para muchos de nosotros. Tal como en este 2020 con la Pandemia que confinó al mundo, ese día la erupción de un volcán conocido pero poco temido, hizo que ese junio del 2011, se viviera una de los momentos dolorosos para el sur de Neuquén. Su erupción fue la más trascendente en 10 mil años.
Y como dijo Dinesen, es cierto que se puede soportar todo dolor cuando se convierte en una historia, no en una anécdota, que parece ser más frívolo y menos trascendente, una historia.
Y así fue que el cielo se oscureció en Bariloche a las 3 de la tarde aproximadamente, y en la Villa cayeron piedras del cielo, que luego fueron cenizas y en San Martín de los Andes, el cielo estaba azul, lo estuvo también el domingo, porque 4 de junio fue un sábado. Y yo estaba en la dirección de prensa del Municipio y desde el día anterior, el viernes 3 de junio, seguía los movimientos que provocaba el Cordón Caulle, donde el Puyehue demostraba su inestabilidad.
Y esa mañana de sábado se elevó la alerta volcánica a naranja y las cosas se ponían aún más preocupantes, y de ahí la alerta roja simultáneamente con el oscurecimiento del cielo y la caída de las piedras y los temblores en Villa La Angostura. Y el piso que se movía en nuestra ciudad. Y dos horas después se reunió el Comité de Emergencia y se sabía que un día después las cenizas llegarían a la zona de San Martín de los Andes.

Esa tarde del 4 de junio, la población de la Villa comenzaba a huir por Siete Lagos y las cenizas y la oscuridad exigió que Gendarmería Nacional se dirigiera hacia la ruta hoy 40, en ese sector Siete Lagos. Se produjeron accidentes, histeria generalizada, mientras que la comunidad de San Martín de los Andes, se enteraba de lo sucedido, porque recién por la noche se comunicó la situación.
Cristina Frugoni era la intendente y debió afrontar uno de los momentos más difíciles de su gestión, (asumió en julio del 2010 después de la trágica muerte de Luz Sapag).
Y así comenzó la cuenta regresiva. El domingo las cenizas llegaron a Meliquina y en la madrugada del lunes cordones gruesos, grises, de arena volcánica, caían sobre San Martín de los Andes. Y las cenizas se filtraban por las fisuras de las casas de madera, y cubrían los techos y las calles, cubrían la vida de una ciudad cordillerana.
Y como parte del Comité de Emergencia, salí de noche, eran las 9 de la mañana, para una reunión y la ruta estaba desierta, las cenizas eran parte de esa presencia indeseada. Y nos tapamos la boca con un buf, y la nariz, como ahora con un virus invisible, y los ojos con lentes, que no podían ser de sol, porque no se podía ver. Y entonces comenzó la triste tarea de asistir, de pedir que no se despilfarrara el agua, porque el río Quilquihue tenía ya su manto de cenizas. Y los filtros se tapaban, y fue la Cooperativa de Agua la que cumplió con parte de su personal la maravillosa tarea de que ese líquido vital no nos faltara.
Y el Ejército con el regimiento Coraceros Gral. Lavalle, comenzó a asistir con sus camiones, tres días después debió ir a la Villa con carpas y cocinas de campaña para asistir a la población, que estaba mucho peor que la nuestra. Y Gendarmería junto con el Parque Nacional Lanín comenzó a asistir a la población rural, llevando también alimento para la gente y para los animales que nada podían comer de sus campos. Los relatos eran bíblicos. Los animales huían de sus campos en fila por la ruta, con rumbo incierto, asustados como los humanos.
Y entonces en esta historia, todos trabajábamos desde las 7 de la mañana hasta la una de la madrugada todos los días. Defensa Civil, en ese momento al mando de Eduardo Muñoz, asistía y controlaba el operativo.
Y así se sucedieron los días, en los que conocimos nuevos términos “tremor”, “elementos piroclásticos”, hablaban todos del cráter, de la columna de cada explosión del volcán, de si expulsaría lava o no, de los movimientos sísmicos, de las descargas eléctricas que como relámpagos profundos asustaban a todos, al mismo tiempo que las ventanas temblaban en cada movimiento de la tierra y el tremor provocado por la erupción.
Y fueron días difíciles, donde los Bomberos Voluntarios como siempre, estuvieron presentes, donde las fuerzas de seguridad fueron incondicionales, y cada día era un día.
En medio de este panorama se realizaron las elecciones provinciales y fuimos a votar con barbijo, con cenizas en nuestras camperas, con dificultad que hoy parece una real locura que no se hayan suspendido los comicios.
Y así fuimos pasando las dificultades, muchas menos de las que vivió Villa La Angostura, tapada por montañas de cenizas, cenizas que duraron hasta el verano.
San Martín de los Andes limpió las calles con el Municipio, el Ejército, Gendarmería, los Bomberos, con voluntarios. El aeropuerto estuvo inoperable hasta el verano, era imposible limpiar las pistas, pero además el cielo seguía con cenizas en toda la zona, y los aviones no podían volar en gran parte del país.
Y nos enfrentamos a una temporada invernal incierta, como ahora con la pandemia, era junio y a pesar de todo la temporada invernal existió, con índices de ocupación paupérrimos, como había sido dos años antes con la gripe A, otra pandemia, pero existió y la comunidad puso primera y afrontó otro invierno con incertidumbre.
Y Chile también sufría la erupción, aunque menos potente, porque siempre las cenizas vienen hacia Argentina, con mayor intensidad.
Y toda esa experiencia sirvió para el 22 de abril del 2015, cuando explotó el volcán Calbuco, así de golpe, no avisó como el Puyehue, solo explotó como el niño travieso de la cordillera, así lo llaman los expertos, y a la madrugada nos tapó de cenizas y la noche se extendió hasta las 2 de la tarde, pero como el dolor ya tenía una historia, esta vez fue menos traumático.
Y ese dolor que se sintió en esos días, con un fenómeno desconocido, hoy lo contamos y como dijo Isak Dinesen, esa maravillosa escritora con nombre masculino, se pudo soportar mucho más cuando se convirtió en historia.
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