25 de septiembre 2015
Por Graciela Vázquez Moure
«La finalidad del arte es dar cuerpo a la esencia secreta de las cosas, no el copiar su apariencia» – esto decía Aristóteles y pienso al iniciar esta nota, cuánto tiene de relación con un pensamiento de Sara Lauría.
“Por circunstancias específicas, recalé obligada por largo tiempo bajo un ciprés. Así uno descubre forzosamente cuánto hay para ver en cada segmento de la realidad circundante” o sea: descubrir esa esencia de las cosas, quizás Sara tuvo como eje principal de su vida artística esto justamente: descubrir los secretos de las cosas y darles forma con su arte.
De ella se trata esta nota que comienzo, de Sara, como dice Pablo Martínez Viademonte, su hijo, así la llama, no dice mamá en la charla que mantuvimos mientras tomábamos un café en el centro de San Martín de los Andes.
Foto familiar, con sus padres y su hermana
Pablo es ingeniero y vive en nuestra ciudad y es gracias a él que logro armar un poco la vida de quien fue una gran ceramista y pintora. Lo primero fue para ella y para quienes la conocimos, el eje de su vida.
Recordamos juntos con Pablo, vimos las fotos, los recortes de los diarios de la época y fue él quien me dio datos sobre Iris Otaño, quien fue alumna de Sara y hoy es coordinadora (suplente) del CIART Nº5, que lleva el nombre de la artista y fundadora del taller de cerámica que todavía está en actividad en la esquina de Brown y Moreno.
Algunos datos que son siempre necesarios para ubicarnos en el personaje que abordamos. Nació en la ciudad de La Plata en 1934, fue un 10 de marzo y en la universidad de esa ciudad estudió Bellas Artes, después de recibirse se traslada a Madrid y más tarde en 1968 se radica en la ciudad de Neuquén.
Foto en el taller de cerámica fundado por Sara en la década del 80
Siempre con su pasión a cuestas, trabajó en distintas ciudades creando talleres de arte que finalmente se constituyeron en escuelas, en la capital de la provincia fue directora de la Escuela de Bellas Artes “Conrado Villegas”. Pasó por cargos diversos en el sector de educación y en 1982, se radica en San Martín de los Andes donde también fue docente.
Sara era una persona afable pero con carácter fuerte, determinante y sin duda todo aquello que se proponía lo lograba. Era como esas personas que tienen una meta y hacia allá van. Y llegan.
Imágenes de taller

Cuando yo la conocí Sara ya no sonreía como antes. La enfermedad empezaba con sus estragos y la vida sin duda, cuando esto pasa, ya no es lo mismo.
Sin embargo, todos la recuerdan con una actitud especial frente a los niños, objetivo principal en su tarea docente. Incluso muchos mencionan su tarea enseñando a niños con discapacidad.
No importaba lo abstracta que fuera la idea. En sus manos esas cosas intangibles se concretaban, arcilla mediante.
Era sensible, reflexiva, muy exigente con ella y con los demás, tenía autocrítica y quizás por eso marcó con su paso a mucha gente que aprendió de ella lo mejor del arte: la expresión, captar aquellas cosas secretas que no todos ven, sentir en cada obra un logro especial.
Sara Lauría quizás no ha sido suficientemente reconocida, a pesar de que el Ciart donde ella fundó su taller de cerámica, lleva su nombre y una calle en la zona de la Vega San Martín la recuerda. También se realizaron bienales en las que su nombre marcaba presencia. En 1998 un video realizado por Clara Suárez rescató parte de su vida.
Pero nunca está demás despuntar algunos datos de esta mujer de estructura pequeña y contundente en su personalidad frontal, porque así quienes la conocieron la recuerdan, y aquellos que no tuvieron esta posibilidad pueden llegar a introducirse en la vida de una de las artistas plásticas más trascendentes de nuestra ciudad.
Sus manos dejaron obras en cerámica. Su creatividad quedó plasmada en las telas de sus pinturas. Su deseo de conservar el patrimonio arquitectónico de la ciudad se concretó mediante las primeras fotografías de las casas con historia que después plasmó en pequeños murales de cerámica.
Vivió solo 10 años en el pueblo. No es mucho, por eso es más misterioso ese recuerdo que quedó en quienes la conocieron o fueron sus alumnos.
¿Cuál es la razón que hace que una persona sea recordada con tanto cariño a pesar del corto tiempo compartido? Fue una de las preguntas que nos hicimos con Pablo, él tampoco tuvo respuesta, pensamos y esbozamos argumentos que quizás solo fueron elucubraciones intelectuales, porque me parece que lo de Sara Lauría tiene más que ver con el corazón, la palabra justa, el saber escuchar, el no hablar sin fundamento, el saber un poco más de la vida sin que se note tanto, el sembrar y cosechar sin pedantería. El ser, además del hacer.
Creo, no sé, me parece, que de eso se trata ese misterioso recuerdo que dejó su alma, cuando partió un 14 de mayo de 1992.
La observación como meta en el arte, así la recuerda una de sus alumnas
Iris Otaño es coordinadora (suplente) del CIART Nº 5, con ella hablamos de Sara Lauría, porque por esas cosas de la vida, después de haber aprendido cerámica cuando era niña, en ese mismo lugar de Moreno y Brown, ahora es quien dirige este centro de iniciación artística.
Tenía once años, pasó el tiempo y la recuerda “era una mujer muy sonriente, con mucha energía, pero muy bien plantada en sus convicciones- recuerda Iris- estuve un poco más de un año con ella pero te quedaba todo lo que te transmitía. Recuerdo actividades de observación muy profunda. Nos ponía un fémur de vaca y había que modelarlo y ver las curvas, la luz, meterse en ese objeto como si fuera un volumen escultórico, ver la belleza en un hueso de vaca…Tenía once años y logró cautivarme con esa actitud”
La observación nuevamente surge como uno de los pilares de la vida de la artista.
Iris nunca dejó de hacer cerámica, había empezado a los 6 años en Adrogué donde nació, al llegar a “San Martín de los Andes, tomé clases con ella. Después Sara falleció y tomó el taller Luis Vicuña, fui también alumna de él, después me fui estudiar biología a La Plata, pero esto de la cerámica empezó a ser más fuerte y terminé en la Escuela de Cerámica de Avellaneda, dejé la biología y me di cuenta que esto era lo que realmente amaba”.
Le tocó volver en el 2003, el horno de Sara ya no funcionaba, ese que ella había logrado en el año 1983.
Y entonces le ofrecen a Iris hacerse cargo del taller de cerámica. Eran 10 alumnos los que asistían, ahora son 110. Luego el Ciart fue creciendo en sus 33 años de permanencia y en todas las disciplinas artísticas que ofrece, hoy tiene 450 alumnos.
Iris trata de recordar por qué se afianzó este camino y siente que Sara Lauría fue una de las responsables de esa vocación desarrollada.
Recordó en la charla además a Pablo Martínez Viademonte, a quien conoció cuando llegó como ingeniero hace unos meses a dar solución a la estructura del viejo edificio. Pablo también se conmovió al ver el espacio donde su madre creó y enseñó “realmente es una excelente persona y además nos regaló un sector que necesitábamos que no estaba en la obra contratada, me pareció una persona muy generosa” dice Iris a Desde el Sur Digital.
Un rincón pendiente en el CIART quizás ahora tome forma. En ese espacio estarán incluidos escritos de Sara Lauría, obras de ella y recuerdos, allí estarán en algún momento como parte de ese emblemático paso por un lugar artístico creado con ganas, con energía y convicciones.
Iris define su contacto con Sara “uno va haciendo un camino y Sara fue un referente, es memoria emotiva, fue hilando ese sendero, trasmitía con el cuerpo y el corazón lo que hacía”.
Están sus herramientas el palo de amasar arcilla, que utilizan actualmente, era el de Sara, el horno, incluso algunos bancos siguen siendo los mismos, en el lugar se respiran esas ideas abstractas que Sara Lauría sabía plasmar en cada pieza.
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