1 de mayo 2015
Por Graciela Vázquez Moure
Vivió en San Martín de los Andes donde murió en 1985. Fue la primera mujer que pisó los hielos continentales. Una andinista elogiada por otros alemanes que descubrieron en ella una compañera de ley.
Ilse von Rentzell de Atkinson vivió una verdadera aventura en la madrugada del 6 de enero de 1929.
Es que en ese momento estaba en una carpa en el volcán Osorno, junto a Federico Reichert , otro gran andinista.
Los dos escalaban el Osorno y cuenta la tremenda experiencia. El volcán que en estos momentos acosa a Chile y a las ciudades patagónicas, hacía una gran erupción, sorpresiva como fue la del 22 de abril.
Con una diferencia, en aquellos tiempos no existía el monitoreo de volcanes, ni los adelantos científicos que existen ahora. A pesar de ello, lo intempestivo sigue siendo el comportamiento del Calbuco.
volcan Osorno
Ilse von Rentzell participante de varias expediciones de Federico Reichert, ascendió en enero de 1929, la cima del Volcán Osorno, 2.660 metros, en el Sur de Chile.
En el libro de Reichert, “En la cima de las montañas y de la vida” relata:
“En las últimas horas del 5 de enero de 1929, no solo yo, sino también, mi compañera de andinismo Ilse, decidimos que el Día de Reyes, lo emplearíamos en el escalamiento de aquellas montañas que nos ofrecían tan bello panorama y que, cual elegantes riscos rodean mi finca, y que habríamos de trepar al picacho del cerro Derrumbe, cuya altura es de 1.500 metros. Las perspectivas de salir airoso eran favorables, sobre todo porque no había ninguna nubecilla que tornara opaca el firmamento ni corría brisa alguna. Sin embargo, ocurrió que en ese día de tan notable brillantez, el barómetro estaba registrando un descenso pronunciado que no encontraba fácil explicación. A despecho de esa depresión a todas luces anormal, emprendimos la marcha con miras a llegar a la orilla opuesta del lago, que se hallaba alrededor de cuarenta minutos de distancia de nuestra casa si viajábamos en un bote a remo, para emprender luego el ascenso a partir de ese punto. Antes que llegara la noche ya habíamos ascendido hasta una altura de 1.200 metros y allí pernotamos en una colchoneta de musgos del bosque. Allá arriba brillaban las estrellas”
Sigue el relato revelando que a las dos de la mañana, los despertó “un ruido tan típico como raro. Seguimos espiando y de pronto descubrimos la aparición de un banco de nubes que surgía como algo denso, negro, fatídico, que iba aproximándose aceleradamente desde el Oeste; acto continuo notamos una modificación de las condiciones atmosféricas que se hacía visible cuando uno respiraba. Al principio supuse que se trataba de una tormenta, pese que estas son raras en aquellos alrededores”
Los andinistas quedaron en la carpa esperando que pasara lo que suponían iba a ser una copiosa lluvia.
Pero no. Algo más tremendo estaba sucediendo a solo 15km del Osorno.
“A decir verdad, las nubes se volvían más y más densas y ya iba velándose todo en derredor de la cumbre del Derrumbe, cuando súbitamente se oyó a lo lejos una fuerte detonación, cuyo estruendo ya nada tenía que ver con los truenos que acompañan los temporales. ¡Vaya si llovía! ¡Pero una lluvia seca! Frente a semejante fenómeno decidimos dar media vuelta, embarcarnos en el bote y regresar a casa con máxima premura. Al cabo de poco rato, al ir descendiendo luego de habernos puesto en marcha aproximadamente a las siete de la mañana, comenzamos a extrañarnos.”
Pero tanto Federico como Ilse a medida que descendían de la montaña la tenue llovizna se convirtió en caída copiosa de cenizas
“Nos dimos cuenta que aquello, no podía proceder sino del volcán Calbuco, situado entre 15 y 20 kilómetros en línea recta desde nuestra finca; era el único de los numerosos volcanes que entraba en actividad periódicamente. La creciente penumbra fue transformándose en verdaderas tinieblas, y cuando a eso de las nueve de la mañana llegamos a la orilla del lago donde permanecía el bote, la bahía de Cayutue había pasado del día a la noche, y únicamente hacia el Norte quedaba todavía algún haz de rayos luminosos. Entretanto, seguía cayendo una lluvia de cenizas cada vez más intensa. Con la máxima premura ocupamos la embarcación y remamos vigorosamente en dirección a la casa del bosque que, dicho sea de paso, ya estaba irreconocible por la oscuridad impenetrable. Estuvimos cuando menos diez minutos embarcados y durante ese lapso también, desapareció la pizca de luz del Norte y nos rodearon las tinieblas absolutas. En tales circunstancias seguimos remando como ciegos y sin ocultar que estábamos taciturnos.”
volcán Calbuco en plena erupción en abril
Ambos andinistas siguieron remando en medio de la gran erupción. Era noche cerrada a pesar de que ya era el mediodía. Buscaban la costa en el medio del lago para llegar a la cabaña de Reichert.
Era al la oscuridad que a penas se veían entre ellos e Ilse al ver una lucecita preguntó si su compañero estaba fumando.
Reichert cuenta que se dio vuelta en el bote y descubrió que un haz de luz rodeaba la embarcación. El sol se había hecho un espacio entre las densas nubes y el mediodía parecía hacerse notar.
Pudieron ver así que las cenizas que seguían cayendo ya habían cubierto al bote con una capa de varios milímetros de espesor.
Los fuegos de San Telmo
“Nos hallábamos, pues, envueltos como por alta tensión eléctrica; los fuegos de San Telmo brotaban por todos los hilos de nuestra ropa, y la cabeza rubia que flotaba detrás mí estaba rodeada por un halo celestial. Ocurría lo mismo que presencié allá en la cumbre del Uschba caucásico y que más de una vez vi en los Alpes. Ya llevábamos una hora de viaje, y sin embargo el bote no llegaba a tierra. Las aguas del lago parecían ser de plomo; el aire era denso y pegajoso; el viaje se estaba volviendo fatídico. ¡Ea! Que de pronto una luz deslumbrante como si fuese un rayo rasgó las sombras! Más no se trataba de un relámpago normal. Por encima de nuestras cabezas se alzó, una bola de fuego que casi al instante hizo explosión con ruido espantoso seguido por la desaparición del efecto luminoso.
Ilse y Federico pudieron ver el mismo espectáculo que en la madrugada del 23 de abril vinos muchos de nosotros. Algunos en directo desde Puerto Varas o puerto Montt en Chile, otros como en mi caso en directo por las imágenes de la televisión chilena.
La explosión del Calbuco fue en 1929 espectacular, tanto como sucedió en abril del 2015, hace unos pocos días.
Aquello fue un relámpago esférico, “el primero y el último que me haya sido dado ver en toda mi vida. Tras el estallido- cuenta Reichert- se produjo un equilibrio eléctrico, se fueron apagando los fuegos de San Telmo y una vez más, nos vimos envueltos por las tinieblas. El lóbrego viaje en góndola iba prolongándose más y más, pero ya volvía a aumentar la carga eléctrica y renacían los resplandores carentes de llama. Llevábamos dos horas completas en el lago, sin lograr alcanzar la costa. ¡Ah, por fin, un brusco cataplum nos anunció que habíamos chocado con algo y que estábamos encallados! Las tinieblas eran tan completas que para pisar el suelo tuvimos que prender fósforos y luego andar a tientas. Cuando consulté mi reloj, dije a mi acompañante: Piense señora, que son las once de la mañana del 6 de enero y estamos en pleno verano. Creíamos erróneamente estar en la costa del lago, correspondiente a mi propiedad. Por fortuna no hicimos ninguna tentativa de avanzar en dirección a la casa, cosa que habría sido imposible con semejantes tinieblas”
volcán Calbuco en la madrugada del 23 de abril del 2015
Era como Sodoma y Gomorra
Permanecieron sentados durante una buena media hora sobre un tronco de árbol; ”no podíamos dejar de pensar en Sodoma y Gomorra, y allí estábamos representando el papel Lot y la mujer de Lot. Solo unos cuantos minutos antes del mediodía empezó a aclarar débilmente y ya se comenzaban a ver los contornos de cuanto teníamos más cerca. No fue poco la sorpresa que tuvimos al comprobar que de ningún modo estábamos en mi finca; más aún, que permanecíamos en el punto desde donde partimos y que con seguridad anduvimos trazando espirales en el agua o dibujando el número ocho. La claridad renació con celeridad y entonces se presentó el paisaje vistiendo su toga de cenizas que le había colocado la noche de la erupción. La vista era sencillamente desoladora y desesperante. La bahía antes tan bella y siempre vestida de verde nos ofrecía un cuadro de desierto, de páramo; el cuadro de la muerte. La superficie de agua, lisa como si estuviese cubierta por una capa de aceite, estaba llena de cadáveres de insectos y aves. Los bosques gigantescos tenían todas sus hojas cubiertas por espeso polvo de lava de tinte gris-ceniza. La nieve de las altas montañas se había transformado en suciedad. Todas las flores se había marchitado; las verduras que ayer mismo se veían hermosas en la huerta, parecían agachar la cabeza. Y como no llovió durante mucho tiempo, la cosecha se arruinó. El ganado despreciaba el forraje cubierto de piedra pómez, y como no tenía nada que comer, comenzó a enflaquecer. Las gallinas no ponían huevos, y el cándido optimista que se atrevió a dar a su rincón selvático el nombre de jardín del edén tuvo que reconocer, mientras avanzaba por sus dominios cubiertos por centímetro y medio de cenizas, que ciertamente no vivía en el cielo sino muy cerca del baño del Satanás. El resultado arrojado por el análisis hecho ulteriormente del material llovido como chisporroteo, fue, cuando menos, alentador en vista de que con el polvillo cayó algo de calcio y ácido fosfórico, cuerpos que la lluvia verdadera, que afortunadamente llegó después, habría de incorporar al suelo, pese a que esas gotitas homeopáticas no podrían curar el mal. Transcurrieron meses enteros antes de que se restablecieran las condiciones normales de la vegetación, que el bosque se vistiera de verde, que los animales se alimentaran en debida forma y que brotaran nuevamente las plantas de las legumbres en la huerta”.
El demonio de fuego
Así denomina Reichert al Calbuco en su relato, dice que así era conocido en aquellos años 20 del siglo pasado. Ese 6 de enero de 1929, no habría podido simbolizar mejor, “bajo una forma teatral el Crepúsculo de los Dioses, la ruina del planeta chapucero. Para calmar la curiosidad decidí volver a trepar, acompañado por Ilse von Rentzell y un joven, faldas arriba del vecino Volcán Osorno, desde cuya cima era posible observar en óptimas condiciones toda la zona sembrada de cenizas y lava. Bien sabía yo que un escalamiento de ese coloso no era sino un mero simulacro de un paseo alpino, un trabajo que habría de durar pocas horas y que se corona con una partida alegre deslizándose sentado sobre la nieve. El proyecto se convirtió en realidad, el 20 de enero de 1929, trepamos todos sudorosos, pendiente arriba del cono hasta alcanzar su capuchón de hielo. Si entonces alguien me hubiese dicho lo que nos esperaba, con toda seguridad hubiese dado media vuelta al instante y renunciado a todo afán de exploración o a la mera curiosidad. Solo que ante mi no había nada extraordinario que nos hiciera la advertencia; apenas alguna cosa podía captarse con la mirada desde lejos. La cúpula de nieve antes tan bella y de blancura luminosa de la montaña cónica ya no existía. Después de la erupción del Calbuco, era negra, sucia, por el esparcimiento de ceniza y pequeños montículos de piedras. Cuando finalmente llegamos al hielo, descubrimos que por un proceso de irradiación y por elevado calor específico del material en ruinas, las piedras habían penetrado en la masa gélida, y comprobamos que con la helada producida durante la noche, se había creado una base de cemento-hielo-piedra de extraordinaria dureza. Si bien es verdad que en condiciones normales uno puede alcanzar la cima del Osorno, desde el borde de su capucha de nieve, luego de caminar apenas cuatro horas, lo cierto es que en esa ocasión la tarea nos exigió el triple de ese tiempo, porque fue necesario ir tallando escalones en el mencionado cemento de hielo. Por fin llegamos, a las cinco de la tarde, al vértice del bonete cónico sucio.
El impacto había llegado hasta el Tronador
Ilse y Federico amaban la montaña y en ese intento de ver cómo había quedado el paisaje descubrieron que bastó una “mirada en derredor para que nos diéramos cuenta de que la violencia máxima de la erupción había afectado principalmente la zona Oriental, ya que todos los ventisqueros y la corona del tal alejado Tronador, estaban cubiertos de suciedad y ceniza. Al descargar sus iras, el Calbuco mismo había vomitado de tal forma, que el aspecto de la faz de su cumbre presentaba una fisonomía muy distinta. En vista de que la escalinata tallada, para el descenso no servía para nada, y que una tormenta amenazaba con estallar, no permanecimos sino apenas cinco minutos en la cumbre e iniciamos el descenso como mejor pudimos. Hubo que tallar de nuevo los escalones a fuerza de hacha. La bajada la íbamos realizándola a paso de tortuga, puesto que era indispensable evitar a toda costa una caída. A la una de la mañana, estábamos en medio de la tarea, nos comenzaron a envolver los mantos de la niebla. Ya no veíamos nada, y luego, comenzó a caer una lluvia fina. Y puesto que era imposible continuar la marcha, decidimos refugiarnos en una grieta del hielo, una especie de boca cuyo labio inferior ofrecía a las posaderas, un asiento húmedo, pero suficientemente seguro, en tanto que el labio superior tenía una joroba que actuaba como respaldo. La hendidura misma se encargaba de la ventilación. Allí estuvimos dormitando hasta las siete de la mañana, y entonces reiniciamos la marcha, totalmente tiesos por entumecimiento, la tarea de crear nuevos escalones para el descenso se hizo difícil. En total, la excursión nos exigió más de diecisiete horas en el manto del hielo del Osorno, ello debido a las travesuras de su colega juvenil llamado Calbuco. En la posada de Petrohue, a donde llegamos empapados, mi compañera de aventura, Ilse, se mostró sumamente contenta por la hazaña que habíamos realizado; pero parecía todavía más contenta cuando nos sirvieron una bebida caliente. Porque entonces dijo: ¡Vaya, no hay nada que supere a una buena taza de té caliente!”
Maravilloso relato de dos andinistas, una de ellas la conocida vecina de San Martín de los Andes: la señora Atkinson, así llamaban a Ilse von Rentzell, quien compartió parte de su vida con los residentes de esta ciudad cordillerana. Ilse fue la primera mujer que pisó los hielos continentales en 1931, pero además era fotógrafa, conocedora de las plantas patagónicas, famosa por la belleza de su jardín en su casa de Altos del Sol y además escribía y pintaba.
El relato de la erupción del Calbuco en 1929, nos conmueve a pocos días de haber vivido otra de sus travesuras, como decía Federico Reichert.
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