8 de septiembre 2020
Por Graciela Vázquez Moure
Quizás tenga razón el filósofo francés Bernard-Henri Lévy, que en julio presentó su libro “Este virus que nos vuelve locos” porque lo que se ve en el mundo y en nuestro país es una pérdida colectiva del control. Es que si nos ponemos a pensar cuántas veces por día cada uno de nosotros escucha la palabra “muertos” en los medios de comunicación, sin duda que nos preocuparíamos. ¿Qué resabio deja esa vivencia con la que hace seis meses convivimos? Quizás esa sobreinformación produce esa locura que le reprochamos al virus.
Esta pandemia no solo afecta la salud y la psiquis de las personas, sino el espíritu, nuestro espíritu que se ve afectado no solo por las noticias, sino por las agresiones que se viven diariamente, incluso de ver en quien se enferma con el virus a un enemigo, a un asesino encubierto que toma contacto con otros con el afán de matar. Una locura más de esta pandemia.
Volviendo a Lévy, expresa: “¿acaso no dice la ley del estupor que, cuando más duro es el golpe, más alterada se ve la capacidad de razonar?”
Y así podemos ver que cuesta la lógica, y se responde con agravios, una actitud que no ayuda a nuestra ciudad, a la comunidad, que se enfrenta por diferentes situaciones que nos separan en lugar de unirnos.
Y así la rueda gira produciendo situaciones lamentables entre vecinos. Los unos que piden más medidas estrictas y los otros que se relajan. Los unos que hablan de los “chetos” y los otros que reclaman en las redes por las canchitas de fútbol que este sábado estaban colmadas de vecinos, y la respuesta es que el reclamo surge porque “son los pobres que jugaban un partido de fútbol”… y así otra vez aparece esa división que no solo no tiene sentido, sino que hiere la posibilidad de que todos juntos salgamos adelante a esta altura de la pandemia.
Y entonces surgen las antinomias que se encendieron aún más con el famoso y tristemente célebre video de Chapelco que se viralizó.
Nuestro cuerpo vibra, como vibra el planeta, nuestra energía se cualifica con los elementos que le asignamos, la energía es energía, ni buena ni mala, energía, somos nosotros quienes la cualificamos.
Lo cierto es que solo elevando nuestras vibraciones, fortaleciendo nuestra energía y poniendo la mirada hacia la buena convivencia, podremos salir algo mejor de esta pandemia.
Si seguimos creando antinomias, y maltratándonos no llegaremos a buen puerto.
Dicen que son más vulnerables las personas que tienen miedo a este virus, además de las defensas físicas debilitadas, tienen más posibilidad de ser el blanco perfecto de la enfermedad.
Entonces creo que la ciudad necesita que todos recapacitemos, que hay errores… sí los hay, que algunos se relajan… si es verdad, que se necesita mayor responsabilidad es la realidad.
Si San Martín de los Andes no tiene circulación comunitaria, es por la responsabilidad de la mayoría y los controles ejercidos desde el área de Salud. Entonces pensemos que si la responsabilidad social se mantiene, si cada uno cumple con lo que debe ser, y no cometemos errores, y no juzgamos continuamente al otro, si dejamos de ser LOS UNOS Y LOS OTROS, quizás las cosas se hagan más fáciles en una ciudad que sufre la crisis económica más grave de su historia, con comercios que cierran y todo el sector turístico que la rema cada día para no sucumbir.
Mayor comprensión, más empatía, no hacer leña del árbol caído, es fundamental para mejorar como sociedad en medio de una pandemia que está dejando al planeta con una economía destruida y con miles de millones que pasan hambre y necesidades básicas.
Todos, tarde o temprano, recurrimos al amor para protegernos, para ayudar, para comprender más, dicen que el amor todo lo puede, tal vez habrá que recurrir a esta emoción tan profunda para poder salir y trabajar por la unidad, reconociendo que estamos rodeados de una belleza maravillosa que sigue estando inconmovible aunque el planeta se sacuda una vez más.
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