8 de octubre 2018
Por Graciela Vázquez Moure
Hay hechos en la vida que cuando se producen no olvidamos qué estábamos haciendo y dónde nos encontró esa historia.
Muchos de ellos quedan para siempre en la memoria y este es el caso. Cuando el 9 de octubre de 1967 se conoció la muerte de Ernesto Guevara, el “Che” yo estaba en el colegio y recuerdo que una de las monjas entró y relató la noticia.
No había internet, ni redes sociales, ni celular. Solo noticias que corrían a través de las agencias internacionales. Así llegó a conocerse la muerte del Che en Bolivia. Fusilado, delatado quién sabe por quién, lo encontraron en la selva y así nomás lo ejecutaron, o murió en combate, o fue capturado y ejecutado. Versiones de una misma historia.
La versión que rodó por el mundo, fue sustentada años después por el general retirado boliviano Gary Prado Salmón, que en octubre de 1967 capturó a Ernesto Che Guevara, afirmó que la cúpula del partido comunista de Cuba mandó al guerrillero argentinocubano “a morir a Bolivia” porque ya no lo toleraba.
Tiempo después esa foto con los ojos abiertos, mirando a sus verdugos y quizás a quienes lo habían idolatrado, recorrió el mundo. Esa imagen sigue presente 51 años más tarde.
Pero esta nota tiene el propósito de recordar su paso por San Martín de los Andes.
Ernesto Guevara, cuando todavía era Ernesto, un estudiante avanzado de medicina junto a su amigo Alberto Granado, médico bioquímico, estuvo en este pueblo cordillerano en enero de 1952. Granado volvió en octubre de 1998 y tuve la oportunidad de entrevistarlo aquella tarde y ver cuando se emocionó al reconocer el galpón del Parque Nacional Lanín, donde habían dormido ambos.
Hace 10 años ese lugar se convirtió en La Pastera, el Museo del Che Guevara, antes había sido rescatado por el PNL para resguardarlo de una posible demolición.
Entonces esta nota tiene ese objetivo, recordar al “Che” y su paso por San Martín de los Andes.
El dejó plasmado en su diario de viajes su fascinación por el paisaje de la Patagonia e incluso ese joven al que le gustaba el buen vino, era el que soñaba junto a su amigo Alberto Granado, mientras tomaban mate frente al lago Lácar, con un laboratorio de análisis clínicos de investigación y servicios, con un helicóptero para salir todas las mañanas en busca del material de los dispensarios situados en la zona. Un sueño, ese que no se concretó y después, ocho años más tarde el Dr. Guevara ya tenía su pensamiento revolucionario y la convicción de tomar las armas. Había pasado un año de la Revolución Cubana.
El viaje de Ernesto Guevara por el sur argentino dejó su huella, junto a su amigo Alberto Granado. En aquellos años era un idealista, su claridad de pensamiento se cruzaba con la diversión y la exploración en cada ciudad a la que llegaban. Pero ya mostraba su lado comprometido con lo social. Claro ninguna de las personas que tomaron contacto con él y con Alberto Granado durante su paso por el Parque Nacional Lanín, Junín y San Martín de los Andes, imaginaban que ocho años más tarde Ernesto Guevara formaría parte de una revolución.
“El camino serpentea entre los cerros que apenas señalan el comienzo de la gran cordillera bajando hasta desembocar en el pueblo “tristón y feúcho”, pero rodeados de magníficos cerros poblados de una vegetación frondosa” dice Guevara al llegar a San Martín de los Andes en enero de 1952.
Y no duda en describir el paisaje que se despliega frente a ellos, a Ernesto y Alberto, dos jóvenes casi aventureros que en su moto “la Poderosa”, recorren el sur argentino y Chile.
El lago Lacar con sus azules profundos y los verdes amarillentos de las laderas que allí mueren, allí se tiende el pueblo, vencedor de las dificultades climáticas y de medios de transporte, augura Ernesto Guevara que como lugar de turismo quedará asegurada su subsistencia.
Primero intentaron hospedarse en la sala de Salud Pública, pero la tentativa falló, entonces intentaron con el Parque Nacional Lanín. Tuvieron un encuentro casual con quien era intendente del Parque, Carlos Bresler, casualmente él también fue quien se encontró en su momento con Pablo Neruda, que tenía una identidad falsa: Antonio Ruiz y con sus amigos Víctor Bianchi y Jorge Bellet. El encuentro sucedió en marzo de 1949 cuando Neruda huía de Chile hacia el exilio.
Pero en su encuentro con Guevara y Granado, Bresler les propuso alojamiento en el galpón donde se guardaban las herramientas y los fardos de pasto para los animales.
Más tarde llegó el sereno Pedro Olate, y en la noche del 31 de enero, se alojan en el galpón de Parques.
Pudieron dormir y cocinar en el lugar precario, pero de algún modo este espacio los mantenía bien abrigados, porque era enero pero en el sur las noches de verano son frías.
Al día siguiente, compraron asado y caminaron por la playa buscando un lugar para prender fuego. Alberto Granado y Ernesto Guevara miraban el lago y hacían planes.
el galpón del PNL donde durmieron Guevara y Granado
El proyecto de un laboratorio a la vuelta de la gira era motivo de conversación. Recordamos que Granado se había graduado como farmacéutico en 1946 y como bioquímico en 1948. Ernesto estudiaba para médico y estaba casi al final de su carrera, ambos tenían la ambición de tener un edificio con grandes ventanales que miraran al lago Lacar, mientras las nevadas convertían aún más bucólico el paisaje de verano que los rodeaba.
Solo la selva amazónica dicen que tuvo esa atracción tan formidable como sintieron en San Martín de los Andes, paisajes opuestos, realidades tan diferentes una de otra.
Sus viajes, su fascinación por los paisajes latinoamericanos, sin embargo no le ganaban en esos años a las comarcas del sur, a las que sentían que algún día volverían.
“Quizás algún día cansado de rodar por el mundo vuelva a instalarme en esa tierra argentina, y entonces si no como morada definitiva, al menos como lugar de tránsito, hacia otra concepción del mundo, visitaré nuevamente y habitaré la zona de los lagos cordilleranos” así lo recuerda Ernesto Guevara casi con esperanza de un regreso, que nunca se produjo.
Fue Alberto Granado quien pudo cumplir con ese deseo. Cuando en 1998 vino con su esposa Delia Duque a San Martín de los Andes, en el momento en que el Parque Nacional Lanín pudo confirmar que ese galpón que casi fue derribado para construir un edificio para el destacamento de Prefectura Naval Argentina, había sido el lugar donde durmieron los amigos, y entonces fue resguardado como sitio histórico, y patrimonio arquitectónico.
Ernesto tenía 23 años y Alberto 29 cuando recorrieron el sur argentino y varios países de Latinoamérica. Ambos fueron inseparables en esa vida que desde 1960 los atrapó en Cuba.
Justamente Alberto Granado relata en varias entrevistas que al comenzar el periplo en su moto, una Norton 500 bautizada como La Poderosa, él tenía 29 años y ya era bioquímico. Guevara, que no había terminado de estudiar Medicina, tenía 23. «Íbamos a conocer el mundo, pero el viaje nos cambió a los dos. Ernesto se hizo un ejemplo, empezó a ser el Che; yo aprendí que en vez de conocer el mundo había que transformarlo”.
Pero volviendo a su paso por San Martín de los Andes, después de su paseo por el lago, de sus sueños con futuros improbables y de conocer las pocas cuadras existentes en ese verano del 52, los dos amigos inseparables volvieron al galpón de Parques. Allí los esperaba Olate, el sereno de Parques, con una agradable propuesta: un asado, una forma de agasajar a dos ilustres desconocidos que habían decidido recorrer el sur en una moto, con muy poco dinero y muchas energías para sobrellevar los imprevistos.
(Alberto Granado en Curruhué Grande febrero de 1952-foto tomada por Ernesto Guevara-Los viajes del Che por Sudamérica-Alberto Granado y Calica Ferrer)
Compraron vino “y devoramos como leones, para variar” cuenta Ernesto. Visitaron Junín de los Andes, fueron al lago Curruhué Grande, escalaron montañas, se asombraron por la inmensidad de un paisaje que con luna llena los esperaba en la cima. Protestaron por el estado de los caminos que puso en riesgo a la Poderosa y luego unos días después, por la ruta de 7 Lagos rumbearon hacia Bariloche para luego pasar a Chile por puerto Blest.
Síntesis apretada de una historia, del paso de un hombre que se convirtió en mito y que recordamos a 51 años de haber sido asesinado en la selva boliviana y lo rememoramos su paso por San Martín de los Andes 66 años después.
Ernesto Guevara le escribe una carta a su madre, desde San Martín de los Andes
Enero de 1952
“Querida vieja:
Ya sé que están sin noticias mías, pero a la recíproca, yo tampoco tengo noticias de ustedes y estoy de intranquilo. Contarte todo lo que nos ha pasado escapa a la intención de estas pocas líneas, sólo te diré que a poco de salir de Bahía Blanca, dos días, me dio un fiebrón de 40 grados que me tiró en la “catrera”* de campaña durante todo el día; al siguiente pude tenerme en pie y fui a parar al Hospital Regional de Choele Choel donde me curé en cuatro días previa administración de una droga muy poco conocida: penicilina.
Después de eso en medio de mil dificultades que salvamos con nuestra acostumbrada pericia, llegamos a San Martín de los Andes, en un lugar precioso, en medio de bosques vírgenes con un lago lindísimo; en fin hay que verlo porque vale la pena. Nuestras caras están adquiriendo la consistencia del carburundun, ya pedimos alojamiento, comida y lo que raye en cualquier casa con árboles que vemos a la orilla del camino. De casualidad fuimos a parar a la estancia de un Von Puthamer que eran amigos de Jorge, sobre todo uno que es peronista, borracho y el mejor tipo de los tres. De paso hice un diagnóstico de tumor de zona occipital de probable etiología hidatídica. Veremos lo que resulta. Dentro de dos o tres días partimos rumbo a Bariloche, con mucha calma si tu carta puede llegar alrededor del 10-2 escríbeme a Poste Restante allí. Bueno, vieja, la hoja que sigue está destinada a Chichina. Dale grandes abrazos a todos y contame si el viejo está en el sur o no. Un cariñoso abrazo de tu hijo que te ama”.
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