29 de mayo 2016
Por Graciela Vázquez Moure
Una fotografía de Mónica Burgardt, comentada en Facebook por la intendente Brunilda Rebolledo hace unas semanas, reavivó esta nota escrita en octubre del 2012.
La imagen que acompaña esta nueva publicación, nos muestra la silueta de una mujer que actualmente tiene 76 años y que tiene esa sabiduría de los mayores que han pasado muchas cosas de la historia del siglo pasado.
Es que Yolanda Curruhuinca, fue en ese momento el personaje perfecto para desarrollar una historia de nuestra gente, esa que ha nacido en este pueblo cordillerano, y en su caso, en plena montaña en el paraje Quila Quina.
Y entonces esa imagen de espalda caminando en la cordillera, subiendo hacia su casa, seguramente después de atender su puesto de artesanías en el muelle de la playa Quila Quina, motivó que recordara esa entrevista en la que en medio de una primavera calma, con mucho sol y con el marco inigualable del lago Lacar y ese paraje que nos muestra una villa hermosa y con un nivel paisajístico, pocas veces visto, Doña Yolanda conversó conmigo, recordó sucesos y opinó sobre la realidad circundante.
A la fotografía de Mónica Burgardt, se suma una del primer plano del rostro de esta mujer Mapuche, en este caso foto de archivo, tomada por el fotógrafo Mario Ptasik.
Así comenzaba hace cuatro años este relato:
Baja la montaña todos los días. Viene de su casa ubicada en el camino que conduce a la villa Quila Quina.
Su figura pequeña se confunde y se entremezcla con los grandes ejemplares del bosque nativo.
Doña Yolanda Curruhuinca nació en este paraje. Tiene 72 años y estudió en la escuela de Quila Quina, allí donde desarrolló su vida, donde tuvo sus diez hijos, donde aún vive con sus ovejas, sus caballos y las aves.
Nos cuenta su historia mientras acomoda sus artesanías en madera, las que hacen sus hijos, los caminos en telar, los hacen sus nueras y las medias y gorros de lana, que ella misma teje.
La lana, surgida de la esquila de sus ovejas, que ella lava, para luego hilar y producir los tejidos en telar que ofrece con orgullo.
Todo lo expone cada mañana en su puesto, frente al lago Lacar, en el muelle Don Bruno, enfrentada a la casa de Bruno Salamon, un “hombre muy bueno que vivió muchos años acá, fue una de las primeras casas de la villa, el era muy amable con todos” recuerda Yolanda, cuando lo nombramos en la charla.
En una mañana apacible de octubre, cerca de las once, en una Quila Quina solitaria, sin gente, con los cauquenes que sobrevuelan el lago, algún perro que festeja que alguien llegó para compartir su juego, allí hicimos un recorrido por la vida de esta mujer de la Comunidad Mapuche Curruhuinca, que con orgullo cuenta a cada turista que se acerca, aspectos de su cultura.
“Charlemos antes de que llegue la lancha, después vienen los turistas y empiezan a preguntar y yo vendo mis cositas” nos dice sentada al sol, después de hacer su ritual cotidiano. Cada trabajo en madera tiene un lugar, cada prenda de lana otro, su mantel es estirado prolijamente, arriba sus artesanías.
“Si, todos los días hago lo mismo, cuando me voy guardo todo y cada mañana lo traigo, vio, son todas cosas que hacen mis hijos, mis nueras y yo, que ya no tejo en telar pero hago estas otras cositas, la vista ya no me ayuda” cuenta.
Nacida en la comunidad recuerda que desde su tatarabuelo, toda la familia nació en Quila Quina. Fue Bartolomé Curruhuinca, cacique en el siglo 19 “él tenía su casa donde ahora está el correo, en aquella época cuando llegó Roca, él luchó a favor de los huincas y de Roca, vaya a saber por qué lo hizo, prestó 125 hombres y el gobierno le dio en agradecimiento 11.540 hectáreas en retribución por los hombres que murieron en la lucha. Solo tenían flechas, las lanzas, boleadoras, eso lo usaban para cazar, pero como se vieron obligados, los usaron para matar a otros hombres” relata mientras vemos que a lo lejos se divisa la lancha que arribará poco después al muelle del lago Lacar.
“En ese momento él se fue de su casa y se vino a la villa Quila Quina” dice doña Yolanda siguiendo con su relato “yo nací en la casa, porque allí nacíamos antes, en las casas, vio, aquí en Quila Quina donde vivo desde entonces.”
Aprendíó a hilar la lana a los 10 años con su mamá, “pero lo que se vendía en aquella época eran caminos, alfombras, los gorros no se vendían porque la gente de acá tenía y los compraban en otros lugares, yo hacía entonces alfombras en telar, eso si la gente lo pedía, ahora la vista ya no me ayuda”
Orgullosa de la cultura del pueblo mapuche cuenta que el conocimiento de las artesanías y del telar, se conjuga con las visitas que hasta hace poco la gente realizaba en su casa. Allí los atendía, le contaba de la vida en la montaña, de la cosmovisión de su pueblo.
Doña Yolanda recuerda que con el pasar del tiempo se fue perdiendo la lengua mapuche, dice y admite “pero ahora con las maestras de la lengua, se está reconociendo el mapudungun, aunque los chicos no quieren hablar porque sienten vergüenza, yo hablo muy poco porque mi padre no nos enseñó, él decía que nos iban a discriminar, y era cierto, eso nos pasaba, ahora un poco menos, pero todavía hay gente que dice dónde están los indios, deben pensar que estamos con plumas” ríe con esa risa franca que la caracteriza.
(foto de archivo -Mario Ptasik)
Hablamos sobre la naturaleza, sobre la lluvia, la nieve y ella se lamenta “este año hubo una sola nevada en el invierno- en ese momento se refería al 2012- cada vez vamos a tener menos agua, matar a los bosques es cambiar la naturaleza, voltear un árbol y no plantar otro es dejar un lugar vacío para siempre” lamenta y reflexiona “si la gente tuviera más conocimiento, esto no pasaría, incluso la gente mapuche lo hace”.
Le preguntamos a doña Yolanda qué cree que le quedó en la vida por hacer, esas cosas pendientes que a todos nos quedan en el tiempo, relegadas, postergadas.
“Lo que más me duele es no hablar el mapudungun, el resto me siento bien como soy, me siento feliz con lo que he vivido, el turismo nos da mucha vida, el que quiere trabajar con el turismo jamás le va a falta una moneda, hay que estar todos los días, hay que ser perseverante” dice.
Cuando le planteamos otro tema, el de las nuevas generaciones de la cultura mapuche, estos ancestros que están renaciendo con los jóvenes, ante una historia de destrucción y muerte, de desplazamiento y abusos, doña Yolanda responde “nosotros no tenemos odio, el odio es malo porque la persona se perjudica por dentro. El odio perjudica el corazón, los pensamientos, yo siempre dije que el resentimiento no ayuda, nunca permití que mis hijos fueran a la casa de alguien de la villa e hicieran daño, eso no sirve, la rabia no sirve…”
No son solo palabras, no son posturas, su pensamiento es tan real como sus actitudes, esas que cuenta cuando le preguntamos qué siente cada mañana al despertar después de una vida que seguro que no fue fácil “siento la felicidad, porque es una bendición vivir cada día, lo que nos da Dios, las ovejas, las plantas, los caballos, las aves, me siento feliz regando mis plantas, viendo mis animales” dice.
Están por bajar los turistas de la lancha que acaba de llegar al muelle de la villa. El silencio se corta por las expresiones de admiración de la gente que observa el paisaje. Llegó la hora de despedirnos para que doña Yolanda pueda ofrecer sus artesanías, pero antes nos pide decir algo que quiere expresar.
“Yo quiero decir algo que quiero que se sepa que no estoy de acuerdo, es que Parques ponga el pase verde porque lo pidió el lonko y que trabaje un chico de la comunidad. No me gusta que un chico de nuestra comunidad trabaje con Parques sabiendo todo lo que nos hizo, Parques nos quitó la villa, mis abuelos, mis padres hacían todo acá, sembraban, tenían el agua del arroyo Grande, cuando nos mandaron a la montaña, arriba, dejamos el valle y no fue lo mismo. Yo al lonko lo respeto porque es autoridad, pero no estoy de acuerdo que los chicos de nuestra comunidad trabajen con Parques Nacionales que nos relegó, eso quería decir para que se sepa”.
Su voz se escucha ahora respondiendo las consultas de los turistas que se acercan a su puesto donde cada mañana se desarrolla el ritual, el mantel estirado, las artesanías de madera por un lado, los tejidos por otro, y esas ganas de tomar
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