23 de agosto 2022
Por Graciela Vázquez Moure
Tenía 98 años, en una semana cumpliría 99. Maravillosos 99 años que contenían alegrías, tristezas, una gran tragedia en su familia, pero sin embargo su sonrisa amable, su carácter ameno de vecino agradecido por este lugar que siempre lo cobijó, estuvo presente en las calles de San Martín de los Andes y seguirá presente.
Esta fue una entrevista que le hice hace unos años y en ella cuenta su vida muestro la semblanza de un hombre de trabajo, Américo Astete nació en San Martín de los Andes, un 2 de setiembre de 1923. Sus abuelos se dedicaban a la crianza de animales. El empezó a trabajar a los doce años. En 1935 ya estaba como cadete en la casa de ramos generales de Ricardo Holl, un alemán que la señora era maestra de la escuela 5, fue su maestra, y de ahí surgió la conexión para el trabajo.
Y en la charla de aquella tarde no dudó en decir lo que sentía viviendo en San Martín de los Andes, el pueblo que lo vio nacer: “En este lugar de privilegio, me gusta todo, me siento bien, sin idea de irme, nunca tuve ganas de irme de acá, conozco incluso lugares porque he viajado bastante, pero he llegado a la conclusión que este es mi lugar, porque acá está todo”.
Una historia que merece ser recordada en este día en que la ciudad lo despide.
“Empecé como cadete, y después a atender, en algún momento don Ricardo tuvo urgencia de viajar a Buenos Aires y me quedé al frente del negocio, imagínate tenía 14 años” dice aquella tarde de hace unos años cuando lo entrevisté en su oficina en lo que siempre fue Casa Astete, en Elordi y Roca.
En el pueblo, entre la población rural y la urbana, habría unas 2 mil personas y existían cuatro importantes negocios de campaña, de los llamados ramos generales. Fue la llegada de gendarmería y del regimiento lo que ayudó de gran manera, para el comercio local.
“Antes vivíamos de la madera y de los puestos provinciales” recuerda Don Américo, pero la llegada de nuevas opciones de trabajo colaboró con la población.
Terminó el colegio primario en la Escuela 5 y eran tiempos de juego. El que más recuerda don Américo es “el trompo, los hacían en el pueblo, era un juego muy bueno, se hacían carreras de trompo, hasta los maestros jugaban, jugábamos al balón cesto” mientras que las chicas tenían otros juegos, la rayuela, por ejemplo.
Su trabajo siempre siguió en esta esquina emblemática en Elordi y Tte. Gral Roca. Como lo es Don Américo, con su carácter afable, su humor inconfundible cuando cada mañana lo podíamos encontrar por las calles o en el Banco Provincia de Neuquén.
El era así. Ni la tragedia vivida un 2 de febrero de 1996 pudo con su templanza, su fortaleza y su espíritu emprendedor. Fue cuando un avión Cessna que salía del aeropuerto Chapelco hacia la ciudad de Neuquén, donde su esposa se iba a hacer un tratamiento, se desplomó y se incendió, ni bien levantó vuelo.
Fue un impacto tremendo para la ciudad. Fallecieron en el accidente su esposa y dos de sus hijos, Chichí y Quito, también murió el joven piloto.
El golpe fue fuerte y en la charla que mantuvimos esa tarde, no tocamos el tema. Hablamos de la familia que formó en este lugar que amaba, y seguimos con otras historias, aquellas que lo remiten a los años felices en este rincón de la Patagonia, los primeros tiempos y junto a sus otros hijos.
Su participación en las instituciones
Don Américo era una persona de bien. Siempre dedicando tiempo a las instituciones de su pueblo. La biblioteca popular 9 de Julio, en la década del 40, los bomberos voluntarios de la ciudad y por sobre todo el Club Lacar “allí estuve gran parte de mi vida” decía y recordaba entonces la cena de los viernes con otros grandes amigos.
“Había mucha gente dispuesta a ser útil, ahora quizás también, pero falta tiempo, también estuve en la Cámara de Comercio, pero en el club Lacar fue mi vida, la cena de los viernes se terminó porque bueno, fueron muriendo los que formaban el grupo”. Y entonces llegan los nombres y el recuerdo de esas mesas de charlas eternas.
“Éramos Eugenio Caso, Cacholo de la Canal, Buby Weber, en fin eran otros tiempos”.
Y en medio de los recuerdos le dije: se olvida de alguien: el comandante Díaz “¡Si el comandante Díaz! Era una institución, Honorio Díaz, yo era como el chofer, lo traía desde el club Lacar a la casa, era un duque, un personaje”.
Don Américo recordó detalles de su amigo “muy allegado a la gente del pueblo, era comandante de Gendarmería, cuando se jubiló siguió en San Martín de los Andes.
“Era parte del grupo de los viernes, tenés razón” me dijo esa tarde.

Recordó a quienes pasaron por su negocio “Vino Libertad Lamarque una mañana con el marido, vino a comprar, era muy sencilla, estuvo también Isabel Sarli, pero no en el negocio filmó una película, personajes pasaron pero muchos ni nos dábamos cuenta, nadie era fanático ni estaba detrás de ellos”.
El cafecito, el esquí, los recuerdos
Eran tardes apacibles, días tranquilos con calles con alamedas, con acequias, con pocos vehículos y solo unos pocos miles de habitantes, los catangos eran parte de esa postal, cargados de leña y llevados por bueyes, la comunidad Mapuche Curruhuinca mantenía esta presencia continúa “y si, nos conocíamos todos” acotó Américo.
Las horas transcurrían en medio de la cordillera y las tertulias del hotel Lacar eran la excusa para el encuentro.
“Kraitman, Manuel Chidiak, alguno de la firma Elorriaga y Elguero, cuando cerraban el negocio se iban al hotel Lacar a tomar el vermut, se acostumbraba a tomar un aperitivo antes de la cena , iba también Rameri un carnicero del pueblo, se reunían en el hotel, se perdió eso totalmente, pero el progreso te lleva a no tener tiempo, yo cerraba el negocio al mediodía me iba al bar de Muglia y jugaba al ajedrez, a la noche cuando cerraba iba al bar nuevamente y seguía el juego, otros jugaban a las cartas, había tiempo” y además eran otros tiempos.
Y también recordó las primeras épocas del esquí, los comienzos en la cuesta del cementerio cuando nevaba esa era la pista en la calle Perito Moreno, las subidas a Chapelco con los típicos esquíes de madera. No había medios de elevación en la década del 40, 50 y 60 y entonces con los esquíes al hombro subían la montaña y se deslizaban por la nieve.
“Siempre decíamos es la última vez y en la semana nos encontrábamos y planeábamos para el otro fin de semana, nos olvidábamos del esfuerzo que era cada domingo” y por supuesto estuvo en la charla como siempre un personaje infaltable: Federico Graef “era empleado de Nación y geólogo, el fue el que empezó a diseñar las pistas de Chapelco, era un conocedor de la montaña” decía don Américo.
Una foto en su oficina recordaba al alemán que todos mencionan a la hora de hablar del deporte de invierno.
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