Por Graciela Vázquez Moure
“Tengo que decir que no elegí esos temas, sino que ellos me eligieron a mi” solía responder Jorge Luis Borges cuando le preguntaban sobre este universo personal. Tigres, espejos, laberintos y los sueños eran parte de su mundo y en su obra lo refleja plenamente.
Sin duda es uno de los escritores más grandes y trascendentes del mundo. Un científico de la palabra, un sabio que investigaba hasta comprobar que su pensamiento tenía raíces profundas y ciertas.
Un amante de la teosofía, aunque nunca lo confesó públicamente. Pero si hablaba de sus amigos escritores que si lo eran como el caso de Ricardo Guiraldes y el escritor, pintor, lingüista y muchas cosas más: Xul Solar. Además entre sus predilectos estaban los escritores William Blake, Kipling, Swedenborg o Mark Twain, todos compartían estos conocimientos del siglo 19 y transportados al siglo 20 de manera oculta, silenciosa y casi de complicidad. Así llegaba la Sabiduría Divina a través de sus obras.

foto: Xul Solar con Borges y amigos en Quilmes en 1938
La misma Victoria Ocampo lo era o al menos tenía ciertas conexiones con el mundo de la teosofía.
Borges transmitía el conocimiento a través de sus cuentos. En ellos ese mundo metafísico se hacía presente, por eso tal vez era tan difícil comprender sus historias, muchas de ellas encriptadas.
“Creo que es un error buscar un tema para escribir, eso es más de periodista que de escritor-decía en “Diálogos” con Osvaldo Ferrari- un escritor debe dejar que los temas lo busquen a él, debe empezar por rechazarlos y luego resignarse y escribirlos para pasar a otros”.
Pero los laberintos, los tigres y los espejos eran fatalmente de Borges, y él resignado los adoptó y los transformó en maravillosos cuentos, algunos inolvidables.
“Yo sé que si escribo la palabra “tigre” es una palabra que he escrito centenares de veces, pero sé que si escribo “leopardo” estoy haciendo trampa, que el lector se va a dar cuenta que es un tigre ligeramente disfrazado y entonces uno se resigna a esas cosas”.

foto. Borges en Ginebra
Visitó los laberintos en Creta, para comprenderlos, para poder crear historias que lo involucraban a través de un personaje de ficción.
Las armas blancas también formaban parte de esas historias de caudillos y hombres de la ribera, y entonces en cada viaje los lectores le regalaban cuchillos que él aceptaba como un reconocimiento a algún cuento que había impactado al lector.
“Hay gente que por mi literatura, me regala puñales, lo que me gusta mucho, aunque nunca aprendí a vistear o a barajar como dicen en Uruguay, porque soy muy torpe” reconocía.
Los espejos tienen una explicación que Borges expresa en “Diálogos” y dice que corresponde a la idea del doble, es decir la idea del otro yo y es la idea del tiempo “porque la idea del tiempo es la del “yo” que perdura y todo lo demás que cambia, sin embargo hay algo maravilloso que esto de ser actor y espectador después en la memoria, cuando nos reflejamos en un espejo”.
Y entonces recordaba a un escritor a quien siempre reconoció como uno de los mejores cuentistas Edgar Alan Poe. Borges mencionaba que Poe en Arthur Gordon Pym destacaba que había gente que llegaba a una región antártica y se miraba en un espejo y se desmayaba “es decir se dan cuenta que es terrible el espejo, sin duda que lo es, en un artículo Poe habla de que los espejos en los cuartos deben estar ubicados de modo que la gente no se refleje cuando está sentada, que no se vea repetida, eso quiere decir que él sintió el horror del espejo, sino cómo se explica esa precaución de no reflejarse, él sin duda lo sintió porque hay alusiones inequívocas de algo terrible”.

Mencionando a los espejos como esa posibilidad terrible de verse reflejado Borges dice: “frente al espejo desde luego se produce un desdoblamiento, y esa frase “alter ego” que se atribuye a Pitágoras y es el otro yo, es esa idea que nació del reflejo, aunque algunos lo atribuyen a la amistad, es falsamente relacionado porque un amigo no es nuestro otro yo”.
Decía que todo hombre tiene esa “capacidad estética y especialmente dramática que es la de soñar” cuando explicaba su alusión constante a los sueños en muchos de sus cuentos.
Dentro de ese universo personal también estaba la muerte y con 85 años casi dos años de su muerte Borges hablaba de ella decía en ese momento “siento cierta impaciencia , me parece que debo morirme pronto porque ya he vivido demasiado, además tengo una gran curiosidad, creo pero no estoy seguro que la muerte tiene que tener cierto sabor, algo que uno no ha sentido nunca, la prueba está que yo he visto agonías y las personas sabían que iban a morir, Mujica Lainez un mes antes de su muerte, dijo que iba a morir y que no sentía temor, yo creo lo mismo y que es una sensación que no puede comunicarse porque no ha sido compartido con otros, las palabras presuponen experiencias compartidas y en el caso de la muerte todavía no”.
Por eso Jorge Luis Borges, sabiendo que llegaba el momento de la partida eligió Ginebra para eternizarse en un lugar que amaba, y escapando de algo que lo aterraba, de esa cuestión impúdica de algunos sectores del periodismo que buscara la imagen de su último momento en esta vida.
Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo, logró su propósito, llegar a la certidumbre de la muerte el 14 de junio de 1986, un día después del día del escritor en que se recuerda el nacimiento de Leopoldo Lugones, uno de los hombres de la literatura argentina reconocido por Borges, y un día antes antes en que se conmemora el día del libro en nuestro país.

Paradojas del destino que lo ubicó en un lugar lejano de su patria pero en medio de dos fechas íntimamente relacionadas con este gran hombre ensayista, poeta y uno de los mejores cuentistas del mundo, era quien decía que quizás todos los libros del mundo se escribieron solos, pero en su caso Borges usted siempre tendrá que ver con la palabra, la creatividad y la grata experiencia como lectora de seguir leyendo su obra.