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22 de diciembre 2018

El cuarto Rey Mago

CUENTO – GRACIELA VAZQUEZ MOURE

Había una vez un cuarto hombre que siguió una estrella en el desierto. Sus pasos eran firmes y el turbante celeste. Era mago y rey.

Tagor, así se llamaba. Sus poemas reflejaban la pobreza y la belleza a la vez.  No dejaba de escuchar a los pobres y eso fue lo que demoró su llegada a Belén.

Cuesta comprender esa tardanza, sin embargo hay una explicación para  en esto que estuvo oculto durante milenios.

Dicen que el cuarto rey mago llegó en el momento que estaba marcado en su destino.

En una caja de oro llevaba perlas, un regalo que se sumaba a los que hacía años habían sido entregados a Jesús: mirra, oro e incienso.

-Podríamos sumar las perlas- se dijo en el camino y pensó- cuatro regalos, cuatro reyes, cuatro magos.

Siguió caminando en las arenas del desierto cuando descubrió que la estrella había desaparecido. El tiempo se había escurrido entre sus pasos, y la historia empezó a marcar otro designio.

Le pareció un mal augurio. En lugar de la estrella guía, Tagor comenzó a ver una cruz. Se inquietó y creyó que tal vez la alquimia podía cambiar la realidad.

Siguió por los senderos de arena y piedra. Detrás quedó el tiempo como cronología de un hecho. Llevaba con él su caja de perlas, pero cada vez eran menos. La miseria que veía en el camino había hecho que vendiera gran parte de ellas para dar de comer a los pobres.

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El cuarto rey llegó a su destino tres décadas más tarde. Algo lo detuvo para aparecer en esta historia en el momento en que el niño por el que había comenzado su peregrinaje, se había convertido en hombre.  Así fue que Tagor comprobó que realmente la estrella era ahora una cruz.

Siendo parte de esa historia  tomó los maderos ayudando al hombre en su tremendo calvario. Dicen que murmuró palabras de perdón por no haber llegado al nacimiento sino a la muerte de ese elegido.

La historia cuenta que se escuchó una voz que lo tranquilizó “solo hiciste lo que debías, diste de comer al hambriento y de beber a quien tenía sed”.

Entregó la perla que había quedado, la única que tenía en su caja de oro, las otras se habían convertido en pan y fueron alimento para los pobres de aquellas aldeas que atravesó en su largo camino. Tagor descubrió que ya no tenía sentido ese regalo y fue entonces cuando el mago la convirtió en paloma,  mientras se arrodillaba frente a ese ser que sabía que con su muerte transformaría al mundo.     El cuarto rey mago movió rápidamente sus manos en las que apareció un pañuelo de seda, era blanco y con él enjugó el sudor de quien debió conocer en Belén treinta y tres años antes.

El mago de Oriente con ojos profundos a través de los que el alma soltaba un oculto misterio, trazó un camino en el que un mapa con líneas de odio y venganza,  empezaba a dibujarse para cumplir así,  inexorablemente  un triste desenlace.

Tagor creyó que su alquimia podría llegar a las profundidades del ser. Pero la historia demostraría lo contrario. Desde su mundo interno sintió impotencia pero mágicamente  fue reconfortado por una voz que le dejó un mensaje.

El cuarto mago escuchó atentamente,  volvió al camino de arena y en medio del desierto, ya sin perlas y tan solo con palabras que dicen que las convirtió en poemas, dejó como ofrenda junto al oro, la mirra y el incienso: el arte.

Cuentan algunos peregrinos que todavía está visible sobre la arena la frase que Tagor dejó: “solo el amor podrá salvar al mundo, mientras los alquimistas creamos ilusiones para que los hombres sigan soñando utopías”.

 

 

 

 

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