12 de diciembre 2018
Por Graciela Vázquez Moure
Era cónsul en Colombo, en Ceilán, desde hace décadas Sri Lanka. Su vida era monótona, cuenta que nunca leyó tantos libros como en aquellos tiempos. Sus salidas con amigos tenían como destino los cabarets de la región. Vacíos, con mujeres que esperaban a sus clientes, muchas de ellas eran rusas.
Tenía visitas en su bungaló, hombres y mujeres, especialmente las segundas. Esto sucedió en la década del 20, Pablo Neruda que ya era así conocido por sus obras, era muy joven tenía 24 años, recordamos que nació en 1904.
Y entonces en un exceso de relato en “Confieso que he vivido”, publicado recordamos en 1974 después de su muerte, relata sus experiencias en ese consulado de Colombo, en Ceilán.
Claro que muchas de las cosas que cuenta no hacen más que ratificar esta casi obsesión por el sexo, ya traspasando su mote de seductor, se podría decir que sus conductas rayaban en la adicción.
En esa parte del relato cuenta su relación con una mujer que tenía la triste tarea de limpiar su retrete, cada día esa joven nativa, “caminaba como una estatua oscura, la mujer más bella que había visto hasta entonces en Ceilán” dice el escritor chileno.
Es cuando detalla su encuentro sexual con una mujer a quien toma de la muñeca y lleva a su cama. Ella desnuda cumple el deseo y él detalla que todo fue con ojos impasibles, abiertos, “Hacía bien en despreciarme. No se repitió la experiencia”.
Quizás en ese final refleja que su actitud era tan despreciable en aquellos tiempos como lo sería ahora.
No fue una violación, pero si sin duda una relación sin acuerdos previos, lo que la convierte en estos tiempos en eso, ella permitió el sometimiento, quizás la raza tamil, a la que pertenecía, de la casta de los parias, le había inculcado esa conducta servil y de sufrimiento, sin quejas, sin forcejeos.
Sin duda que la historia, no ayuda para nada a Pablo Neruda, en un momento en que los movimientos feministas en el mundo, reclaman por el respeto hacia la mujer y rechazan la violencia de género, el acoso, el abuso y por supuesto la violación.
Así es que cuando en noviembre se conoció que el gobierno chileno anunció a través de la legislatura que proponían cambiar el nombre del aeropuerto de Santiago de Chile, poniendo el nombre del poeta conocido internacionalmente, el reclamo se hizo oír.
Claro es que fue Premio Nobel, embajador de su país en la diplomacia y en lo cultural. Reconocido en el mundo entero.
Esa vida oscura de Neruda, íntima, pero mostrada en sus relatos, desmoronó la sublime visión que siempre ha tenido el escritor chileno. La obsesión por las mujeres y el sexo, traspasa la línea de seductor para convertirlo en casi un adicto. Pero eran tiempos, hace casi 100 años de la historia, en que estas conductas despreciables eran naturalizadas por la sociedad y lo eran hasta hace pocos años, e incluso siguen repitiéndose en muchas culturas del planeta.
Pero además de ese maltrato hacia la mujer de Ceilán, lo tildan de maltratador por la relación abandónica hacia su hija Malva Marina, esa niña que nació en Madrid producto de su casamiento en la isla de Java, con la holandesa María Antonieta Hagenaar.
Pablo Neruda y María Antonieta, en Java
En Confieso que he vivido no existe ni una sola referencia del autor a su única hija, Malva Marina, una niña que nació con hidrocefalia y que murió al cuidado de unos amigos de la madre a los ocho años. Solo la vio un par de veces y durante años no la visitó, tampoco le enviaba a su madre dinero para la manutención. Solo existe una mención: «Mi hija, o lo que yo denomino así, es un ser perfectamente ridículo, una especie de punto y coma, una vampiresa de tres kilos», le cuenta a su amiga Sara Tornú.
Su madre y la niña se mudaron a Holanda, y en medio de la segunda guerra mundial, la vida de la mujer se complicó y la falta de dinero se hizo ver en las cartas. Pero la Fundación Pablo Neruda, siempre negó esta versión diciendo que el poeta siempre envió dinero.
La cuestión quizás pase por otros análisis, es que si se pone en tela de juicio la vida de hombres que trascendieron las fronteras con su obra, en el arte en general, quedarían muy pocos con una vida de transparencia y dignidad.
Malva Marina, su hija nacida en Madrid en 1934
«No están los tiempos para homenajear a un maltratador de mujeres, que abandonó a su hija enferma y confesó una violación, menos como imagen país», escribió en Twitter la diputada Pamela Jiles de la legislatura chilena.
Algunos dicen que fue un error de juventud la historia de Ceilán, de la que el mismo Neruda se arrepiente cuando la relata, otros encuentran en ella signos suficientes para desmitificar su imagen.
Incluso en su paso por San Martín de los Andes, camino al exilio en febrero de 1949, Neruda se despide del pueblo junto a sus amigos en una llamada whiskería, en el relato de Jorge Bellet, su compañero y amigo, se marca esa noche como de excesos, con un poema improvisado muy poco feliz, una historia de ficción, en la que destaca un crimen pasional, llamado así hasta hace pocos años, lo que hoy sin duda es un femicidio.
Así era Pablo Neruda, descarnado en sus emociones, muchas veces enmascaradas por ese tono poético que le imponía.
El movimiento feminista chileno propone a Gabriela Mistral, su nombre real era Lucila Godoy, para denominar el aeropuerto de Santiago de Chile, también fue Premio Nobel y gran poeta chilena, lo que no se sabe es su vida íntima, ya que fue maestra, madre soltera, feminista de la primera hora pero sumamente reservada en cuanto a su mundo privado, luchadora incansable y también embajadora en el ámbito de la literatura.
Hoy el tema se debate en un contexto de una sociedad machista en el vecino país, donde este movimiento internacional que también tiene fuerte presencia en Argentina, derriba aquellas conductas y pactos de silencio que durante décadas imperaron lamentablemente convertidas en un secreto de familia, en muchos casos y en otros hasta festejados por el mundo masculino en lo cotidiano o en un humor nefasto que degrada a la mujer. Son tiempos de cambio, profundos, de toma de conciencia, lo que no se sabe dónde está el límite.
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