Por Graciela Vázquez Moure
Hace un año comenzábamos nuestras charlas en el jardín de su casa de la calle Rivadavia. Empezaba yo a conocer aspectos de la vida de un hombre que hace más de 50 años llegaba a la Patagonia.
Venía de lejos, pero su destino anterior había sido la provincia de Santa Fe.
Allí inició su camino en Argentina, llegado desde Alemania.
Eberardo Hoepke, vivió desde pequeño los avatares de la segunda guerra mundial. La familia de su madre, Erika Bando marcó un rumbo, esos pasos dejaban la huella de un claro designio: el bosque. Su bis abuelo y su abuelo habían sido maestros forestales y sin duda esto influyó en su amor por los árboles, por el bosque y la naturaleza.
Eberardo llegó al puerto de Buenos Aires un 1ro. de agosto de 1955, unas semanas después del trágico intento de derrocamiento del Gral. Perón y unas semanas antes de la Revolución Libertadora que concretó este objetivo.
Nuevamente la violencia de las armas se hacía presente en su vida. Pero esta vez hubo algo que evitó esta vivencia, los campos de las estancias de Santa Fe, donde él estaba trabajando, estuvieron lejos de los hechos.
Nació en Sorau en Alemania, una zona que luego de la guerra pasó a pertenecer a Polonia con el nombre de Zary.
La historia del libro relata cada momento importante de su vida. Sus afectos, la historia de amor con dos mujeres que son las madres de sus hijos.
El desarrollo forestal de la estancia Quechuquina desde 1962 a 1978, luego su paso por la estancia Santa Lucía en Meliquina. Finalmente la estancia Los Peucos.
La producción de 15 millones de pinos, de los cuales más de la mitad fueron plantados transformando el paisaje sobre todo de Meliquina, una zona árida, que tuvo un antes y un después.
Hoepke se convirtió en un referente forestal de la zona, de la provincia de Neuquen y de la región.
Ahora con sus 81 años logra a través de este libro plasmar sus vivencias.
Es como un legado que tenía en mente y que me tocó a mi como escritora, llevar adelante y concretar.
Me encontré con un hombre de gran memoria, que recuerda no solo los hechos sino el momento, de cada uno, el lugar y los gestos que existieron, los propios y los ajenos.
Y no cuento nada más, porque el resto se puede encontrar en las páginas del libro “Soy solo un hachero”, del que soy autora y en el que las fotografías cobran un sentido muy importante.
Tendré el placer de presentarlo junto a él el lunes 9 de febrero a las 19 hs en la Sala Municipal de Exposiciones.
Será el momento de cerrar un año de trabajo, de reuniones, de recuerdos, de emociones de este hombre que llegó al país con 100 marcos y una moto, pero además con un bagaje de sueños que eran parte de un joven de 22 años que quería llegar a concretar sus proyectos y sin duda, lo logró.





