Por Graciela Vázquez Moure
Hay historias que conmueven debido a quienes las protagonizan y otras no solo por esta razón sino además, por el objetivo implícito que ellas tienen.
Este es el caso de la construcción de la casa de té Arrayán, que concluyó en el año 1939 constituyendo una hermosa casa de troncos y convirtiéndose en un emblemático edificio, ubicado en el circuito Arrayán que lleva su mismo nombre.
La casa tuvo este rótulo, comparando a quien era su mentora y propietaria, que tenía el pelo del color rojizo, como la corteza de este hermoso árbol.
Demandó un año su construcción, poco tiempo considerando la época y lo inaccesible del terreno en esos tiempos
Janet Dickinson recuerda a Renée su tía, que teniendo tan solo 26 años un día llegó a San Martín de los Andes, caminó ladera arriba y “encontró este lugar en el que solo había una huella de carros que pasaban para sacar la madera de ciprés. Ella llegó en el año 36, un año después arribó Parques Nacionales a la zona. Renée quedó impresionada por la belleza del lugar y la vista panorámica desde donde se veía el lago Lacar. Ella era modelo de la tienda Harrods “quería ser actriz y había tenido algunos papeles chicos en películas” recuerda Janet.
Pero la joven tenía pensado otro destino. Se contactó con Parques Nacionales y se enteró que se podía comprar un terreno de tres hectáreas para construir algo relacionado con el turismo.
Pidió que le vendieran esas hectáreas “no había camino, el acceso viejo a Bariloche no estaba tampoco, se iba por Quemquemteu. Pero a ella no le importaba la situación, había quedado fascinada con el lugar, el camino se hizo poco después, los troncos se llevaron a través de bueyes”.
Toda una proeza. El nombre de Arrayán, como decíamos, fue propuesto por sus amigos, se refería al parecido de la joven con los ejemplares de esta maravillosa especie que es frecuente encontrar en los bosques de la región. Reneé era alta, delgada y con su pelo rojizo como la corteza de los arrayanes.
La historia que Janet se ocupó de publicar hace quince años, cuenta que en esos tiempos el diálogo y relación ente las comunidades mapuche y los inmigrantes era muy fluida y muchos de esos amigos pertenecían al pueblo originario.

(Janet Dickinson con una prima frente a la casa de té en la actualidad)
Lugar en que caen los últimos rayos de sol
En lengua mapuche Arrayán significa “lugar en el que caen los últimos rayos de sol”, y así es en realidad. Su altura y orientación hace que el sol se oculte cuando en el atardecer cae detrás de las montañas.
“Mi padre Bernardo, su hermano, la ayudó mucho cuando no trabajaba, porque él era de la estancia Quemquemtreu”.
Renée tenía solo 26 años cuando comenzó la proeza. Logró concluir la obra, luego se casó con un diplomático con quien la unión duró solo un año. Más tarde con un periodista uruguayo y poco tiempo más, una enfermedad impidió que pudiera disfrutar de la casa de té, que comenzó como un lodge de pesca. Un cáncer de estómago fulminante, hizo que falleciera con solo 31 años.
Fue así que en 1939 concluyó la construcción y en enero de 1943 partió de este plano, para pasar seguramente a otro en el que pudo ver su obra, los cambios y la continuación que siguió con los padres de Janet, y años más tarde con ella misma, que tomó este espacio como un mandato familiar. Lugar que tanto amó su tía.
“Sus cenizas fueron esparcidas por la zona de Arrayán. Mi padre debió viajar hacia Europa y participó de la Segunda Guerra Mundial como piloto de la Royal Air Force (RAF). Fue cuando se hizo cargo mi abuelo. Una vez finalizada la guerra, regresó y siguió con el negocio y sueño familiar.
Cuando mi padre vuelve con mi madre se queda en el Arrayán, que estaba a cargo de un matrimonio escocés de apellido Raitz. A papá no le salía ningún trabajo y deciden con mamá quedarse en el lugar y lo convierten en hostería para pescadores, tenía dos cabañas y lo trabajaron de esta manera” relata a Desde el Sur Digital Janet Dickinson.
Janet nació en Buenos Aires pero a los 21 días la trajeron a San Martín de los Andes, por lo que es considerada una nacida y criada y amante profunda de este lugar cordillerano.
“Pasaron años muy lindos, en invierno casi no se trabajaba porque no estaba Chapelco. Yo trabajaba en Bariloche como instructora de esquí, en verano era guía de turismo para Sol Jet, mis padres estaban cansados y fui entonces quien empezó con la casa de té, las cabañas habían quedado en el tiempo, no había casas que hicieran este servicio y fue una de las primeras autenticas casas de té, eso fue: Arrayán.”
Cuenta que desde chica Janet ayudaba con la comida a su madre, le gustaban especialmente los postres y aprendió casi sola este arte de la repostería.
“Siempre me gustó hacer cosas dulces y desarrollé desde el 78 hasta el año 1999, la casa de té. Fue el momento de la inauguración un verano malísimo porque fue el conflicto con Chile y no vino nadie al pueblo”.
“Arrayán” se constituyó como un lugar emblemático, además de ser patrimonio arquitectónico por la construcción de troncos y su estilo con gran identidad, el paisaje lo ubicó entre los lugares preferidos de residentes y turistas.
Fue un proyecto arquitectónico que salió del estudio de Alejandro Bustillo, un arquitecto que creó un estilo que marcó una época en toda la región de los lagos patagónicos de Río Negro y Neuquén.
“Es la única construcción que queda totalmente de troncos, uno encastrado con otro, sus jardines siempre fueron emblemáticos, la historia también constituyó a la casa en un emblema” dice Janet.
La vista panorámica del “Arrayán” la transforma en única, balconea sobre el lago Lácar y los bosques de cipreses componen un paisaje maravilloso.
Para Janet Dickinson el lugar representó casi un mandato familiar, “en principio fue el lugar donde yo crecí. Fue un lugar mágico donde hice todo lo que le gustaba hacer a papá. La pesca, andar a caballo, esquiar en el invierno, hacer andinismo. Mi niñez y mi juventud fueron mágicas. Había muy poca gente en el pueblo y en ese lugar ni hablar. Fue mi hogar, pero además la imagen de mi tía siempre estuvo muy presente y siempre sentí que yo estaba cuidando un lugar que ella amó” así llegan los recuerdos en medio de nuestra charla.
“Cuando mis padres fallecieron me hice cargo de todo y sentí que era un mandato familiar que cumplí con placer. Con la venta del terreno de arriba pude cambiar el techo con tejuelas de alerce de El Bolsón, mejoré la construcción y las cabañas que las alquilaba a turistas, todo lo hice con mucho cariño. Años después, al vender el Arrayán, me dediqué a otra de las cosas que amo la escritura.”
Escribir es una de sus pasiones

(El año pasado en un encuentro de escritores en Irlanda)
Janet escribe cuentos, poesías y actualmente está escribiendo un novela con un interesante personaje que conoció de chica en la zona de Chapelco. El personaje está inspirado en ese hombre casi ermitaño, irlandés, pero la historia es totalmente de ficción.
Participó del libro Hua Hum, junto a otros doce escritores, tiene varias publicaciones una de ellas en inglés e ilustrada por el reconocido pintor Georg Miciú. “Out of Patagonia”, tiene cuentos cortos.
Una novela y un poemario en inglés y ahora trabaja en la segunda novela con este personaje: Lynn Bovey que convivía con los mapuches, y que era irlandés.
“Nadie sabía mucho de él porque trabajaba con la leña y no se juntaba con nadie, lo conocí de muy anciano, yo tenía cinco años, era pelirrojo, tenía ojos celestes, era muy pobre, y su imagen me quedó grabada. De él estoy escribiendo una historia que tiene que ver con la conquista del desierto, se escapa de Irlanda en un barco a vela, vive en una estancia, en uno de los malones se llevan a su hermana, se une al ejército argentino para buscar a su hermana, así llega a la Patagonia, nada que ver con su historia real pero el personaje se basa en su imagen”.
La lectura fue uno de sus entretenimientos en medio de la montaña, “es que de chica leí mucho a los ingleses, mi papá era escritor, escribía mucho, además de hacerlo para revistas literarias inglesas, el empezó después de la guerra, en Edimburgo una revista muy renombrada le publicaba sus escritos”.
Bernardo Dickinson fue entonces quien le marcó el camino de las letras, camino que Janet transita desde hace años.
Es amable, refinada, cálida y tiene un profundo amor por esta tierra.
La historia del Arrayán fue su primera publicación, en ese cuadernillo cuenta los inicios de la casa de té que marcó una parte de su vida, Recordando como lo hemos hecho ahora, la vida de esa joven Renée Dickinson que tuvo un sueño y lo concretó: construir una casa de troncos en medio de un bosque patagónico y convertirla en un emblema para San Martín de los Andes.