9 de agosto 2015
Por Graciela Vázquez Moure
No la sentí sino cuando caía. En el momento en que una tijera con ínfulas de espada hacía su trabajo. Guiada por la mano de la peluquera la trenza llegó al suelo. Rubia, joven, compañera inseparable, ella fue sostenida por las baldosas antiguas de una peluquería que circundaba el Parque Chacabuco, refugio de juegos y sol cálido de otoño. Allí fue la tijera hacia mi pelo, como un par de alas que se posaron y cumplieron su cometido. El recuerdo llega una y otra vez. Mi mano queriendo atrapar ese pedazo de mi cráneo externo, era algo de mí que ya no estaba. Solo tenía seis años y sin embargo el recuerdo no se borra. La advertencia de la mujer que había sesgado esa parte de mi cabeza “no la toques que te vas a ensuciar” cuando intenté atraparla para llevarla como un pedacito que me había sacado. Claro los postizos estaban de moda y era pelo joven, nuevo rubio, reluciente, que podía tener buena clientela.
El momento vivido quedó plasmado luego en las fotografías escolares y familiares. Mi pelo corto y me cara de odio. Una hebilla que trataba de sostener un remolino que no tenía contención y era el signo de mi bronca y frustración. Mi pelo largo y rubio había sido cortado por recomendación de amigas y parientas de mi madre, que decían que mi flacura se debía a que el pelo largo me quitaba fuerzas, la opinión que demostraba una tremenda ignorancia, fue asumida por mamá, contrariamente al mito de Sansón.
Cuenta la historia que un ángel visita a su esposa en el momento en que los hebreos estaban oprimidos por otro pueblo, los filisteos, y les promete que su hijo les traerá la liberación si hace el voto nazareno: no cortarse nunca el pelo. Sansón crece con ese voto sagrado y con una fuerza extraordinaria para desarrollar grandes hazañas, como vencer a un león y matar mil filisteos con sólo una quijada de asno. Pero la traición de la mujer que amó, Dalila, que es sobornada por los filisteos para que descubra el secreto de su fuerza, desató el drama. Dalila descubre por la propia confesión de Sansón que su secreto reside en el largo de su cabello. Ella entonces, mientras Sansón duerme, se lo corta y lo entrega a los filisteos, quienes lo esclavizan y lo dejan ciego quitándole los ojos con una espada. Sin embargo, Sansón recupera su pelo y su fuerza, y en un momento en que todos los filisteos estaban reunidos en su templo, con la ayuda de Dios, se apoya sobre las columnas, las empuja y destruye el templo matando a todos y muriendo él también. Mi historia dista mucho de este míto, no tiré columnas. Ni destruí a nadie, pero la frustración quedó plasmada.
Es un simple ejemplo de lo que significó siempre el cabello para hombres y mujeres. El tema surgió en la peluquería de Tania, mientras me cortaba el pelo los otros días. Recordé la historia de la trenza y ella mencionó que surgen en el lugar incontables vivencias de personas que sufrieron distintas frustraciones por su pelo. Es que la peluquería se convierte muchas veces en confesionarios no eclesiásticos, en los que no solo abundan los chismes, sino las confesiones de diversa índole.
Salió entonces el tema con Tania de la importancia del pelo y las tendencias que existieron en distintos siglos. Incluso los peinados de hombres y mujeres denotan signos, esto último fue analizado por el emblemático Roland Barthes.
En su libro Mitologías, el francés iniciador de la semiología, destaca los peinados y estilos que participaron del cine y resalta los flequillos de la película Julio César, el jopo, o los rizados o aquellos filiformes. No aparecen los calvos, aunque en la historia romana los ha habido y en abundancia.
El peluquero en este caso fue fundamental para lograr incluso en aquellos en que el pelo era escaso, algún mechón que caía sobre la frente.
Esta imagen inunda el ambiente de romanos, es un símbolo. El cabello sobre la frente se convierte en un signo de derecho, de virtud y de conquista.
Los cabellos revueltos demuestran en las escenas sorpresas nocturnas. Las más jóvenes dejan el pelo volátil, casualmente desordenado. Las más adultas, trenzas sobre el cuello que denotan asimetrías que hablan por si solas.
Qué pasa con el corte franciscano, utilizado en los curas especialmente e impuesto por Francisco de Asís.
En los curas también el pelo corto demuestra un signo. En las monjas el pelo se ocultaba detrás de ese marco acartonado y el velo que es parte del hábito.
La tradición decía que eran peladas, justamente para evitar toda vanidad que puede otorgar el cabello en las mujeres.
Los curas siempre aparecieron con su imagen de pelo corto para lograr neutralidad, y pasar desapercibidos. Las pelucas en los jueces antiguamente, y actualmente en los de La Haya, se impusieron para cambiar su fisonomía y no ser reconocidos por la calle. El pelo es parte de nuestra historia.
Es que el vestido de nuestras cabezas es justamente el cabello.
En la historia la gente ha invertido su tiempo, esfuerzo y dinero en el lavado, cortado, coloreado, peinado, cepillado y arreglo de su cabello. Es que esto tiene profundas raíces psicológicas y sociales.
Como lo es la moda, el cabello también es un mensaje y marca tendencias.
Revoluciones, guerras y el cine, han marcado distintas propuestas de cortes y peinados. Es el mensaje que les damos a los otros sobre nuestra personalidad. Si bien su función natural es proteger la cabeza contra el frío y el calor, actuando como aislante y acondicionador térmico, a lo largo de los siglos se ha transformado también en una apariencia con expresión intencional.

Audry Herpburn
Pelucas para hombres y mujeres fueron impuestas hasta el siglo 19. Ya en el siglo 20 las cosas cambiaron y desde 1901 hasta el año 2000 los cambios y la transformación de costumbres fueron tan grandes, que abarcaron casi todas las posibilidades: desde la elegancia victoriana y clásica del principio de siglo, hasta la rebeldía del pelo largo de los hippies en los ’60.
Las rastas de Bob Marley se diseminaron por el mundo, el peinado de Marilyn fue noticia en los años 50 y Audrey Hepburn, impuso en sus distintas etapas sus cortes emblemáticos, como lo fue en los 60 la sensualidad de Briggite Bardot, con su pelo rubio y desordenado que marcó tendencia. Por dar solo algunos ejemplos.
Pero en el siglo 20 y en el nuevo milenio, ya no fueron ni serán los príncipes o la aristocracia los que imponen los símbolos de cómo tener nuestro pelo, fue justamente en el siglo pasado como decíamos el cine, primero el mudo y después el hablado, el que penetra masiva y popularmente las tendencias.
La inolvidable Briggite Bardot que marcó los años 60
El pelo marca un estilo de mujer independiente, sometida, libre o ingenua. Es el marco de lo que queremos transmitir, incluso la depresión se refleja en su brillo, limpieza o color.
La elección de los colores también demuestra un mensaje cuando deja de ser el nuestro, el natural
El negro quiere transmitir carácter fuerte, genio, sensualidad activa, lanzada, apasionada, sin duda endurece los rasgos faciales mientras que el rubio: denota dulzura, suavidad, delicadeza, debilidad, siempre hablando de los colores que adoptamos y que no son los naturales, que sin duda tienen relación directa con nuestra personalidad. Ni hablar de las canas que son cubiertas en las mujeres ni bien tienen la insolencia de aparecer en nuestras vidas.
El lacio, también tiene su historia, demuestra los códigos de seriedad, rigidez, seguridad, mientras que el rizado es más dinámico, denota movilidad y espontaneidad.
Corto, largo, flequillo, cuidado o descuidado, el pelo es el marco de nuestra cara y tiene sus signos que aunque no nos demos cuenta marcaron historia. En los siglos pasados, los postizos enormes en las mujeres le daban una presencia que las sacaba del anonimato.
El siglo 18, fue una época de explosión de exhibición de peinados a cual más extravagante, una reacción totalmente contraria al pudor y recato de los siglos anteriores. El cabello se puso a tono con el estilo «rococó», que fue el preponderante hasta casi el final del siglo. Un estilo dinámico y brillante, donde las formas juegan y se integran en un movimiento armonioso y elegante.
La filosofía o los acontecimientos políticos y sociales, también tuvieron que ver con los cortes y peinados de moda.
La falta de higiene se relacionó directamente con el uso de pelucas.
En los hombres comenzó a ser muy popular a fines del siglo XVII, durante el reinado en Francia de Luis XIV, el Rey Sol. Toda su corte comenzó a usar pelucas, y como Francia dictaba la moda de Europa en esa época, su uso se extendió al resto de las cortes del continente. En 1680 Luis XIV tenía 40 peluqueros que diseñaban sus pelucas en la corte de Versalles.
Su uso se extendió también a las mujeres. Y a medida que los años pasaban, las pelucas se fueron haciendo más altas y más elaboradas, especialmente en Francia. Las pelucas masculinas eran generalmente blancas, pero las femeninas eran de colores pastel, como rosa, violeta o azul. Indicaban, por su ornamentación, la mayor o menor posición social de quien las usaba.
Bajo el reinado de Luis XV las costumbres cambiaron y los cabellos femeninos tuvieron otro estilo más simple. Estuvo de moda el llamado «tête de mouton» (cabeza de oveja), con bucles cortos y algunos mechones de pelo sobre la nuca. Las mujeres no usaron pelucas hasta 1770. A partir de allí, los peinados -artificiales- se hicieron cada vez más altos y más elaborados
El lujo y la ostentación, con la llegada de la Revolución Francesa, son mal vistos por todo el mundo. La nueva sociedad adopta un estilo más sobrio y gira hacia la sencillez; del rococó se pasará al neo-clásico, que es un estilo artístico que recupera la estética griega antigua. Y éste será también el estilo a tono con el romanticismo, que se impondrá a fines del siglo XVIII y predominará sobre casi todo el siglo XIX.
Existe además una historia dentro de la mitología de los nativos americanos de los estados de Utah, Colorado, New Mexico y Arizona, al sudoeste de los Estados Unidos. Llegaron a America cruzando el Estrecho de Behring, atravesando Canadá, hace miles de años, y conservan ritos, creencias y tradiciones muy antiguas. Para ellos el cabello tiene una significación profunda: creen que los pensamientos originados en la cabeza salen afuera junto con el cabello y están en él; los pensamientos nuevos están cerca del cuero cabelludo y los viejos en las puntas de los pelos crecidos. Cuanto más larga es la cabellera, más pensamientos habrá en ella, y la furia de los dioses queda aplacada.
Conversación de peluquería, el recuerdo de una trenza que derivó en este análisis que quizás despierte en vos lector, alguna historia que incluya tu pelo y quieras contar.
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