Por Graciela Vázquez Moure
El combate al narcotráfico y el delito que opera encubierto, una y otra vez
Esto surge a raíz de un comentario excelente de un lector. Mariano Carucci, es profesor de filosofía, desde su cuenta “Mariano Metafísico”, acotó “es como el mito de Sísifo, se atacan los efectos y no las causas» a una nota publicada por esta cronista, sobre la acción que se desarrolla en la ciudad por el microtráfico de drogas, tarea que lleva adelante la policía neuquina junto a la justicia. En este caso encabezado este accionar, por el fiscal general José Ignacio Gérez.
Un accionar que sin duda suma controles sobre el tráfico de drogas, que se denomina quioscos, pequeños puntos de distribución y venta.
Sin ánimo de desestimar la iniciativa que es a nivel provincial, el comentario del lector de la nota despierta una buena reflexión. Porque lo que se atiende es la consecuencia y no las causas. Por qué cada vez más personas tienen esta actividad delictiva y cada vez tienen más “clientes”. Y acá está el enigma de descubrir cuál es la causa.
Y en esta reflexión mucho más profunda, surgió la comparación con el mito de Sísifo, originario de la mitología griega, y desarrollado en un ensayo del genial escritor francés Albert Camus.
El mito narra la historia de un rey condenado por los dioses a un castigo eterno: empujar una enorme roca colina arriba, solo para verla rodar de nuevo hasta la base cada vez que está a punto de alcanzar la cima. Esta tarea repetitiva e inútil se ha convertido en una metáfora de la condición humana.
Y es así como ese castigo de llevar la roca a la cima para verla rodar nuevamente es comparable con la lucha contra las drogas. Lo he visto durante décadas, y nunca se logró desalentar este accionar delictivo. Surge entonces la pregunta ¿cuáles son las causas?
Sísifo, rey de Corinto, era conocido por su astucia y por desafiar a los dioses. En una ocasión, reveló el secreto de Zeus, lo que provocó la ira del dios. Zeus, a su vez, envió a Tánatos (la muerte) para llevar a Sísifo al inframundo. Sin embargo, Sísifo engañó a Tánatos y logró escapar, prolongando su vida. Finalmente, Zeus, enojado por la desobediencia de Sísifo, lo condenó a un castigo eterno en el Hades: empujar una roca colina arriba, solo para verla rodar hacia abajo una y otra vez.
Recordé ese maravilloso libro de Camus, leído en la adolescencia y cada vez más vigente.
La búsqueda del ser humano de encontrar una sustancia que obnubile, que distraiga del propósito de vida, que engañe y oculte el verdadero sufrimiento, que no permite la conexión con el universo, y en definitiva con el alma, es la imagen de esa roca que desde la cima se desmorona nuevamente. Y en esta dualidad del mito, el combate hacia el tráfico de drogas también es parte de esa roca, porque el flagelo vuelve, se esconde, transmuta y lamentablemente persiste.
Y toda acción, aunque sea bien intencionada de combatir el narcotráfico, nos remite también a esa imagen de Sísifo, ver caer desde la cima la roca una y otra vez.
Claro al menos es una intención de combatir el flagelo, que hace décadas se instaló en San Martín de los Andes y en estos tiempos se disgrega en los barrios, y justamente los más cercanos a escuelas, espacios deportivos y de recreación. Obvio buscando a los más jóvenes.
El desafío es encontrar ese propósito de vida que muchos seres, no solo los jóvenes, no encuentran, sanar el alma, en definitiva.
Al igual que Sísifo, los seres humanos se enfrentan a tareas repetitivas y aparentemente sin sentido, como el trabajo, las relaciones, o incluso la propia vida, y es entonces donde la droga encuentra el espacio para generar una alternativa que termina en destrucción, y muchas veces en un viaje solo de ida.
En resumen, el mito de Sísifo, tanto en su origen como en su interpretación filosófica por Camus, recuerdo que fue un existencialista en la década del 50, siglo pasado, nos invita a reflexionar sobre la naturaleza de la existencia humana, la búsqueda del significado de la vida, el camino para sanar y la tarea impostergable de la política para descubrir como subsanar esa frustración que muchos jóvenes han convertido en esa roca, esa vida sin horizontes, que se desmorona una y otra vez.

















